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El gato negro - cuento completo

El gato negro

Edgar Allan Poe

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: “¡Incendio!” Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras “¡extraño!, ¡curioso!” y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra…, ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: “Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano”.

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida… (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes… ¿ya se marchan ustedes, caballeros?… tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!


FIN
Extraído de Ciudad Seva

🟠 Actividades 1

1. Comprensión Lectora y Sistematización

1. El tipo de Narrador

Recordatorio:

  • Omnisciente: Sabe todo lo que piensan y sienten los personajes (3.ª persona).

  • Protagonista: Cuenta su propia historia (1.ª persona, "Yo").

  • Testigo: Cuenta lo que vio que le pasó a otro.

  • Consigna: Leé el inicio del cuento. Marcá con una X qué narrador tiene y completá la oración de abajo.

    • [  ] Omnisciente

    • [  ] Protagonista

    • [  ] Testigo

    • Justificación: "Elegí este narrador porque el texto está escrito en ________ persona y cuenta hechos que le ocurrieron a ________."

2. Secuencia de hechos

  • Consigna: Para entender la historia, es importante el orden. Numerá del 1 al 4 estos hechos según aparecieron en el cuento:

    • (  ) La policía encuentra el cadáver detrás de la pared.

    • (  ) El narrador llega borracho y le saca un ojo al primer gato (Plutón).

    • (  ) El narrador comienza a escribir su historia desde la celda.

    • (  ) Aparece un segundo gato negro con una mancha blanca.

3. Simbología: El nombre del gato

Ayuda: En la mitología romana, Plutón era el dios del inframundo y de la muerte.

  • Consigna: Teniendo en cuenta el recuadro de ayuda, respondé: ¿Por qué creés que Edgar Allan Poe eligió ese nombre para el gato?

    • Opción A: Porque era un nombre común para gatos en esa época.

    • Opción B: Para anticipar que la historia trataría sobre la muerte y lo oscuro.

    • Explicación: Elegí la opción ____ porque ___________________________________________

4. Polifonía: La voz de la esposa

Recordatorio: La polifonía ocurre cuando en el texto aparecen voces de otros personajes distintas a la del narrador.

  • Consigna: El narrador menciona una antigua superstición que su esposa le comentaba. Buscá en el texto y completá la frase que falta:

    • "Mi esposa, que en el fondo era algo supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son..."

    • (Completá aquí con las palabras exactas del texto): __________________________.

5. El concepto de "Perversidad"

  • Consigna: El narrador dice que cometió el crimen por "perversidad". Leé la definición y marcá cuál se ajusta a lo que pasa en el cuento.

    • Texto: "¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces cometiendo una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla?"

    • Pregunta: ¿Qué significa la perversidad para el protagonista?

      • [ ] Hacer el mal sin querer, por accidente.

      • [ ] El deseo incontrolable de hacer algo malo solo porque está prohibido.

6. La Ironía en el final

Recordatorio: Una situación es irónica cuando ocurre lo contrario a lo que se esperaba, o cuando el resultado es opuesto a la intención.

  • Consigna: Al final, el narrador golpea la pared con su bastón para demostrarle a la policía que la casa es sólida.

    • ¿Por qué este acto es irónico? Completá la explicación:

    • "Es irónico porque él quería demostrar seguridad, pero ese golpe provocó que el gato gritara y la policía descubriera el ______________."

2. Reflexión sobre el Lenguaje y Gramática

7. Voz Pasiva

Ayuda: La Voz Pasiva se forma con el verbo SER + Participio (ado/ido/to/so/cho) y suele tener un Complemento Agente (quien hace la acción, encabezado por "por").

  • Ej: "El gato fue atacado por el hombre."

  • Consigna: Transformá la siguiente oración a Voz Pasiva completando los espacios vacíos.

    • Activa: "El hombre escondió el cuerpo."

    • Pasiva: "El cuerpo fue ______________ por el ______________."

8. Análisis Sintáctico: Sujeto y Predicado

Recordatorio: El Núcleo del Sujeto (NS) es el sustantivo principal. El Modificador Directo (MD) suele ser un artículo o adjetivo pegado al sustantivo.

  • Consigna: En la siguiente oración, marcá con colores o subrayá:

    • "El gato negro tenía un solo ojo."

    • [  ] El Sujeto (¿Quién tenía un ojo?).

    • [  ] El Núcleo del Sujeto

    • [  ] Los dos Modificadores Directos

9. Sintaxis: Subordinadas

Ayuda: Las proposiciones subordinadas adjetivas funcionan como un adjetivo y empiezan con palabras como "que", "quien", "cual". Nos dan información extra sobre un sustantivo.

  • Consigna: Subrayá la parte de la oración que empieza con "que" y explicá a quién se refiere.

    • Oración: "El sótano, que había sido revocado recientemente, era muy húmedo."

    • Pregunta: ¿Qué cosa había sido revocada recientemente? ___________________.

10. Clases de Palabras (Repaso 4.º Grado)

  • Consigna: Uní con flechas cada palabra extraída del texto con su clasificación gramatical.

    1. Terror                             Adjetivo Calificativo

    2. Despacio                       Verbo (acción pasada)

    3. Enterré                          Sustantivo Abstracto (sentimiento)

    4. Odioso                           Adverbio de Modo

3. Producción Escrita y Normativa

11. Cohesión: Evitar repeticiones (7.º Grado)

Ayuda: Para no repetir palabras usamos sinónimos (palabras de significado parecido) o pronombres (él, lo, le).

  • Consigna: Reescribí el siguiente texto cambiando las palabras repetidas (en negrita) por las opciones que te doy abajo.

    • Texto: "El gato me miraba mal. Yo odiaba al gato. El gato no me dejaba dormir."

    • Opciones para reemplazar: "animal", "lo", "bestia".

    • Tu versión: __________________________________________________________


🟣 Actividades 2

1. Comprensión Lectora y Dimensión Literaria 

1. El Narrador y el punto de vista

Definí qué tipo de narrador presenta el texto (Protagonista, Testigo u Omnisciente). Luego, explicá por qué este narrador no es "confiable" para el lector. ¿Qué elemento de su estado mental nos hace dudar de la veracidad de los hechos?

2. Simbología e Intertextualidad

 El narrador llama al primer gato "Plutón". Investigá brevemente quién era Plutón en la mitología romana y explicá: ¿Qué relación tiene ese nombre con el destino final de la obra y la temática de la muerte?

3. Polifonía: Las voces en el texto 

Rastreá en el texto la voz de la esposa.

  • A. ¿Transcribe el narrador las palabras exactas de ella (discurso directo) o solo nos cuenta lo que ella decía (discurso indirecto)?

  • B. Explicá cuál era la postura de la mujer sobre los gatos negros y las brujas, y cómo contrasta esto con la supuesta "racionalidad" del protagonista al inicio.

4. Secuencia Narrativa

Ordená cronológicamente los siguientes núcleos narrativos del 1 al 5: 

( ) El incendio de la casa y la aparición de la figura en la pared. 

( ) El narrador llega a casa ebrio y le saca un ojo a Plutón. 

( ) La policía descubre el cadáver detrás del muro del sótano. 

( ) El narrador encuentra al segundo gato en una taberna. 

( ) El asesinato de la esposa en el sótano.

5. Cosmovisión: El espíritu de la perversidad 

El protagonista intenta justificar sus actos hablando del "espíritu de la perversidad". Explicá con tus palabras en qué consiste este impulso según el texto. ¿Es una causa externa (sobrenatural) o interna (psicológica)?

6. La Ironía Situacional

Analizá el final del cuento. ¿Por qué resulta irónico que el narrador golpee con su bastón justamente la pared donde emparedó a su esposa? ¿Qué efecto busca causar el autor con esa acción de soberbia?

2. Reflexión sobre el Lenguaje y Gramática

7. Voz Pasiva y Agente

Transformá la siguiente oración a Voz Pasiva. Asegurate de mantener el tiempo verbal y de explicitar el Complemento Agente:

  • Oración Activa: "El narrador escondió el cadáver de su esposa en el sótano."

  • Oración Pasiva: __________________________________________________________________

8. Análisis Sintáctico

Analizá sintácticamente la siguiente oración en tu carpeta. Marcá: Sujeto Expreso Simple (SES), Predicado Verbal Simple (PVS), Núcleo del Sujeto (NS), Núcleo Verbal (NV) y Modificador Directo (MD).

"Aquel gato gigantesco tenía una mancha blanca."

En las siguientes oraciones, identificá y marcá entre paréntesis la Proposición Incluida (Subordinada). Luego, indicá a qué sustantivo está modificando (antecedente).
  • "El gato, que me seguía por toda la casa, se volvió insoportable."

  • "La pared que construí recientemente parecía sólida."

9. Clases de Palabras y Morfología

Extraé del texto un ejemplo para cada una de las siguientes categorías gramaticales:

  • Un sustantivo abstracto (Ej: odio, terror): _______________

  • Un adjetivo calificativo con connotación negativa: _______________

  • Un conector temporal: _______________

  • Un verbo en Pretérito Imperfecto (terminación -aba/-ía): _______________

3. Escritura y Producción

10. Escritura con Cita de Autoridad 

Escribí un breve texto argumentativo (aprox. 8 renglones) respondiendo a la pregunta: ¿El narrador es culpable o es una víctima de su enfermedad?

  • Restricción: Para fundamentar tu opinión, debés incluir una cita de autoridad (puede ser inventada, atribuyéndola a un psicólogo, un juez o al mismo Edgar Allan Poe). Usá comillas y verbos de decir (afirma, sostiene, dice).

11. Cambio de Género: La Crónica Policial

Redactá el hallazgo del cuerpo como si fuera una Crónica Policial publicada en un diario de la época.

  • Título: Informativo y de impacto.

  • Cuerpo: Usá un tono objetivo y formal.

  • Gramática: Debés utilizar al menos una oración en Voz Pasiva (Ej: "El cuerpo fue hallado...") y eliminar las marcas de subjetividad del narrador original (no usar "yo", usar "el sospechoso").


🟣 Express - Multiple choice

SECCIÓN 1

1. Identificación del Narrador 

¿Qué tipo de narrador presenta el cuento y cuál es su característica principal?

  • A) Omnisciente: Sabe lo que sienten todos los personajes y es objetivo.

  • B) Protagonista: Cuenta su propia historia, pero su visión está alterada por el alcohol y la culpa.

  • C) Testigo: Es un vecino que observa los movimientos extraños de la pareja.

2. Rastreo de información explícita

Según el texto, ¿cuál es la causa principal que el narrador menciona como detonante de su cambio de carácter ("el demonio" que lo poseyó)?

  • A) La enfermedad de su esposa.

  • B) La pérdida de su fortuna en el incendio.

  • C) El abuso del alcohol .

3. Secuencia Narrativa 

Seleccioná la opción que ordena correctamente los hechos cronológicos del relato:

  1. Aparece el segundo gato.

  2. La policía descubre el cadáver.

  3. El narrador le saca un ojo a Plutón.

  4. Se incendia la casa.

  • A) 3 - 4 - 1 - 2

  • B) 1 - 3 - 4 - 2

  • C) 3 - 1 - 4 - 2

4. Lectura literal de detalles (5.º Grado - Estilo A) ¿Qué rasgo físico distinguía al segundo gato de Plutón?

  • A) Le faltaba una oreja.

  • B) Tenía una mancha blanca en el pecho.

  • C) No tenía cola.

SECCIÓN 2: LECTURA CRÍTICA, POLIFONÍA Y COSMOVISIÓN 

5. Simbología y Cosmovisió

El primer gato se llama "Plutón". ¿Qué sentido aporta este nombre a la interpretación del cuento?

  • A) Es un nombre irónico porque Plutón es el dios romano del cielo y la luz.

  • B) Es una referencia al dios del inframundo y la muerte, anticipando el tono macabro del relato.

  • C) Es un dato aleatorio sin relación con la trama.

6. Polifonía: Las voces del texto

El narrador menciona una "antigua creencia popular" a la que su esposa aludía frecuentemente. ¿Qué voz social se filtra en ese fragmento?

  • A) La voz de la ciencia: Los gatos transmiten enfermedades.

  • B) La voz de la superstición: Todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas.

  • C) La voz de la religión: Los gatos son animales sagrados.

7. Interpretación de la "Perversidad"

Cuando el narrador habla del "espíritu de la perversidad", ¿a qué concepto se refiere?

  • A) Al impulso primitivo de hacer el mal solo porque está prohibido, sin otra lógica.

  • B) A la influencia mágica del gato negro sobre su voluntad.

  • C) A la maldad planificada para obtener un beneficio económico.

8. Análisis de la Ambigüedad

La mancha blanca del segundo gato cambia de forma con el tiempo. ¿Cómo se interpreta esto según la visión del narrador?

  • A) Como un hecho biológico natural del crecimiento del animal.

  • B) Como una alucinación producto de su culpa, viendo en la mancha la forma del patíbulo (la horca).

  • C) Como una señal de que el gato había sido pintado por alguien más.

9. Polifonía y punto de vista

¿Cuál es la actitud de la esposa frente al segundo gato y cómo contrasta con la del narrador?

  • A) Ella lo odia tanto como el narrador (coincidencia de voces).

  • B) Ella lo ignora completamente (ausencia de voz).

  • C) Ella lo trata con afecto y paciencia, contrastando con la irritación y odio del protagonista.

10. La Ironía Situacional

¿Por qué el incendio de la casa resulta un hecho irónico en relación con el crimen de Plutón?

  • A) Porque el fuego purifica los pecados del narrador.

  • B) Porque la única pared que queda en pie muestra la imagen de un gato gigante, como si el animal "denunciara" el crimen.

  • C) Porque el narrador había asegurado la casa el día anterior.

11. Cita de Autoridad implícita

El narrador comienza diciendo: "No espero ni pido que crean el relato... pero no estoy loco". ¿Qué busca con esta frase inicial?

  • A) Establecer un pacto de lectura realista, intentando validar su testimonio como el de una persona cuerda.

  • B) Admitir que todo es un cuento de hadas.

  • C) Citar a un médico que le dio el alta.

12. Ironía del Desenlace

¿Cuál es la gran ironía final que lleva a la detención del protagonista?

  • A) Que un vecino lo vio todo por la ventana.

  • B) Que su propia soberbia al golpear la pared para jactarse de su crimen hizo que el gato gritara y lo delatara.

  • C) Que la policía ya sabía todo antes de entrar a la casa.